
Ensayos
La invención del enemigo exterior
Por Fernando García de Cortázar
Dice Marx al comienzo de su estudio-reportaje sobre la agitada evolución de la Segunda República francesa y el ascenso al poder de Luis Napoleón Bonaparte: “Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal acontecen, por así decirlo, dos veces. Olvidó añadir que, una vez, como tragedia, y la otra, como lamentable farsa.” Y a continuación, comparando el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte en 1799 con el de su sobrino en 1851, añadía: “Caussidière por Danton, Louis Blanc por Robespierre, la Montagne de 1848-1851 por la Montagne de 1793-1795, el agente de policía londinense con un puñado de endeudados lugartenientes por el pequeño caporal con su mesa redonda de mariscales.” La historia habla siempre de reyes, ministros, súbditos, políticos, parlamentos. Muchas veces, como apunta Marx, los protagonistas del presente invocan los espíritus del pasado para servirse de ellos, y hasta toman prestados sus nombres, sus consignas de batalla y sus trajes, para representar, engalanados con esa vestimenta venerable y ese lenguaje fiado, la nueva escena de la historia universal. Así, por ejemplo, Lutero disfrazándose de apóstol Pablo; Cromwell adueñándose del lenguaje, las pasiones y las ilusiones del Antiguo Testamento para su revolución parlamentaria; los revolucionarios de 1789 ataviándose como senadores romanos. Pero la historia es como el río de Heráclito el griego: uno no puede bañarse dos veces en las mismas aguas. A pesar de que podemos encontrar el mismo repertorio de conflictos, soluciones, zancadillas y batacazos, a pesar de que los seres humanos son iguales en el mundo entero y los mueven iguales pasiones e intereses, tan efímeros como semejantes en todas las épocas, entre el mundo de Julio César y Napoleón, Robespierre y Lenin, Pericles y Churchill, hay una diferencia real. Cadáveres exquisitos No. La historia no es cíclica. Ni se repite. No obstante, muchas veces parece que retorna . Ese es el caso de las dictaduras, que cambian tan poco, siguen siendo tan ellas mismas, que sea cual sea la máscara que adopten, dan la impresión de que sólo tienen una misma cara desde el principio de los tiempos, repetida al infinito sin perder su terrible sencillez. Los hechos de violencia y de muerte ocurridos en Teherán – manifestaciones multitudinarias contra el supuesto fraude electoral, su represión brutal por la policía y las milicias progubernamentales, concierto ensordecedor de cláxones, amenazas de un baño de sangre por el ayatolá, mueras al dictador en calles y azoteas, encarcelamiento de docenas de periodistas, censura informativa, asalto al campus universitario, purgas, juicios farsa… – , hechos que evocan lo acaecido 30 años antes y que han creado una ola de comentarios y despertado un clima de ansiedad explicable, son un buen ejemplo. Porque lo que ocurre hoy en Irán es triste, pero no sorprendente. No es la primera vez que un gobierno autoritario ignora la voluntad de su pueblo y confirma su propia permanencia en el poder. No es la primera vez que un gobierno autoritario aplasta sin contemplaciones las protestas de una parte de la población, mayoritariamente frustrada, engañada y ansiosa de cambios. Tampoco es la primera vez que un gobierno autoritario presenta una explosiva manifestación de descontento interno como un complot tramado en el exterior, acusando a los revoltosos de estar manipulados desde el extranjero. De toda la basura del pasado , de toda la crónica negra del colectivo son culpables los otros , “los de fuera”,los enemigos exteriores indispensables en la construcción nacionalista y protagonistas de la historia manipulada de la nación. La historia está llena de dictadores, déspotas y tiranuelos que se gratifican a sí mismos con un enemigo concreto, visible y fusilable para mantenerse seguros en el poder, un enemigo en que concentrar todos los males y desgracias de la gente. La historia también nos muestra que no hay nada como encontrar un demonio exterior cuando la indigesta mentira sobre la que se sostiene el tinglado de una tiranía empieza a resquebrajarse. Dígalo si no Nerón en mitad de las ruinas calcinadas de Roma. Todas sus medidas caían en el vacío porque no conseguía disminuir la sospecha de que el incendio de la capital del imperio había sido provocado por él, porque reinaba la impresión de que pensaba conseguir la gloria fundando una ciudad nueva, a la que llamaría con su nombre, porque corría el rumor de que en el mismo momento en que Roma se consumía en llamas él había cantado en su palacio la caída de Troya, comparando los males presentes con la catástrofe del pasado. Todas las disposiciones imperiales para eliminar el descontento eran en vano. Todas… menos una, que consistió en inventarse unos culpables, los inocentes cristianos, según Tácito, seguidores de una funesta superstición originada en Judea. Dice Tácito, implacable narrador de los abusos del poder, perfecto conocedor del alma humana: “Pero ni por todos los medios humanos, ni por los donativos del príncipe, ni por las expiaciones a los dioses disminuía la creencia infamante de que el incendio había sido provocado. Por ello, para eliminar el rumor, Nerón buscó unos culpables y castigó con las penas más refinadas a unos a quienes el vulgo odiaba por sus maldades y llamaba cristianos. El que les daba este nombre, Cristo, había sido condenado a muerte durante el imperio de Tiberio por el procurador Poncio Pilato. Esa funesta superstición, reprimida por el momento, volvía a extenderse no sólo por Judea, lugar de origen del mal, sino también por la Ciudad, a donde confluyen desde todas partes y donde proliferan toda clase de atrocidades y vergüenzas. Pues bien, en primer lugar fueron apresados los que confesaban; y luego, delatada por ellos, fue condenada una enorme multitud
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