Breviarios

Una cuestión crucial

Por Ignacio Gómez de Liaño
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En sus dos primeros siglos los cristianos rehuyeron la representación plástica de Cristo. Estaban demasiado influidos por la religión judía y su rechazo de las imágenes como para darse cuenta de que el núcleo del cristianismo —la idea de que Dios se ha encarnado— no podía estar en contra de las imágenes, pues si el Dios invisible se había hecho visible, ¿con qué fundamento se iban a rechazar las representaciones plásticas de esa carne humana que Dios había asumido? 

Lo que sí utilizaron fueron ciertos símbolos, entre los que destacaba la cruz, pero en las primeras representaciones de ésta se prefirió aludir a significaciones que no tenían que ver con el suplicio. En el Evangelio de Juan se la asocia al palo en el que Moisés mandó poner una serpiente de bronce para curar a los mordidos por las venenosas serpientes del desierto y, después, se la comparará con el palo mayor de las naves, con el árbol de la vida del Paraíso y, sobre todo, con los cielos que Cristo abre al morir.  «El signo de la cruz  apareció en su origen, no como una alusión a la Pasión de Cristo», dice el cardenal Daniélou, «sino como una designación de su Gloria divina. Y  los cuatro brazos de la cruz aparecerán como el símbolo del carácter cósmico de esta acción salvadora».

El núcleo de la religión cristiana está, ciertamente, en el relato de la Pasión, Muerte y Resurrección, donde Jesús se presenta como cordero inmolado para servir de alimento, o como chivo emisario que se reviste de las inmundicias de la Humanidad para hacerlas desaparecer en el desierto. No obstante, cuando los cristianos empiezan a representar de forma plástica a Jesús a comienzos del siglo tercero, prefieren mostrarlo como el Pastor que conduce las almas al redil del Paraíso o como el Maestro que enseña las vías que llevan a ese destino. Si no lo figuraron en el trance de la Crucifixión, fue, seguramente, porque era una escena tan chocante para la mentalidad de la época como podría serlo ahora si lo viésemos en el momento de ser ejecutado en la silla eléctrica o en la guillotina. Habrá que esperar al siglo quinto para ver materializada —en las puertas de la iglesia romana de Santa Sabina— esa escena que desde entonces se convertirá en uno de los grandes símbolos de la Humanidad. En el símbolo del amor, la solidaridad y la entrega hasta la muerte. En el símbolo de un amor que apunta a todas las direcciones del sentir.

Pues el Crucificado suscita compasión (un hombre justo condenado a morir) y temor (un hombre con el que cualquiera puede identificarse) y estupefacción (ese hombre es el Hijo de Dios) y un sentimiento de sublime majestad (se inicia así una nueva era) y gozo (con su muerte la muerte ha sido vencida). Las figuras que se hallan al pie de la Cruz reflejan también afectos poderosos: el de la Madre (la Dolorosa), el de María Magdalena (la amorosa pecadora arrepentida), el del discípulo amado. Más allá, los judíos rebosan odio e inconsciencia, en tanto que las autoridades romanas sólo sienten indiferencia (Pilatos) y rapacidad (los soldados se juegan a los dados la túnica del Crucificado). Todos esos sentires se combinan en la escena de forma que imprimen en la conciencia de los que la contemplan la idea de que el imperio de la Ley y la esclavitud, a que destinó a los humanos la caída del Hombre Primigenio, ha sido superado por el reinado de la Gracia y la libertad que trae con su muerte y resurrección el Hombre-Dios.

El filósofo Jorge Santayana, para el que no había contradicción entre sentirse católico (como él se sentía) y no creer en la existencia de Dios (lo que también era su caso), piensa que «la religión es poesía válida infundida en la vida corriente» y que «el odio moderno a la religión es odio a la verdad, odio a toda cosa sublime». La escena de la Crucifixión, que compendia el Crucifijo, es un buen ejemplo de esa poesía infundida en la vida. De ahí que la pretensión del Gobierno de expulsarla de los centros de enseñanza lo convierte en público enemigo de la poesía y triste sucesor de aquellas ideologías antipoéticas del diecinueve, que, postradas ante los altares del utilitarismo, no podían tolerar que una imagen tan inquietante viniese a turbar su sueño, con lo que abrieron el camino a los dos grandes antagonistas que el Crucifijo ha tenido en el veinte: el comunismo estalinista y el nacionalsocialismo hitleriano.

Y es antipoética y totalitaria la iniciativa gubernamental porque, en congruencia con la misma, habría que arrojar fuera de las aulas el Cristo pintado por Velázquez y el pintado por Goya, la Crucifixión de Zurbarán y la de Tintoretto. Y, junto a esas pinturas, deberían ir a parar a los desvanes, si es que no a las hogueras, miles de cuadros y esculturas relacionados con la religión que se hallan en esos centros de enseñanza que son los Museos y Bibliotecas del Estado. Y el Real Monasterio de El Escorial debería ser borrado de la faz de la Tierra, ya que no respeta la neutralidad que en materia religiosa debe observar el Estado.

(No hay como encasquetarse el disfraz de la neutralidad para ejercer de represor y hasta de verdugo.)

Y, con los monumentos antes mencionados, tendrían que ser desterrados otros de la más variada índole bibliográfica, iconográfica y musical, a pesar de que la gente culta de todos los tiempos los haya puesto entre las expresiones más elevadas del arte y la cultura. Y, si por un milagro, viésemos que Unamuno se dispone a leer en la Universidad de Salamanca, de la que fue rector durante la República, los versos de su Cristo de Velázquez, la policía del Gobierno y de sus socios nacionalistas debería cerrarle la boca, pues hay que evitar que los militantes del Islam y los del laicismo puedan sentirse ofendidos por la utilización de un centro de enseñanza como ese para hacer propaganda del cristianismo. Y, desde luego, debería tachar las alusiones cristianas que hay en los libros que se recomiendan en la enseñanza pública, empezando por la poesía de San Juan de la Cruz (cuyo nombre podría resultar sospechoso) y borrar las que hay en cientos de escudos y enseñas oficiales, además de arrojar al cubo de la basura la Gran Cruz de la Orden de Carlos III —no digamos a la de Isabel ¡la Católica!— y, por supuesto, impedir que las procesiones de Semana Santa m

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agovangogh@hotmail.com el jueves, 07 de enero de 2010
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agovangogh@hotmail.com el miércoles, 06 de enero de 2010
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me pregunto porque en los últimos años la mayoría de la gente miente constantemente sin ningún pudor hay mucho miedo a enfrentarse ala verdad
agovangogh@hotmail.com el miércoles, 06 de enero de 2010
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me pregunto porque en los últimos años la mayoría de la gente miente constantemente sin ningún pudor hay mucho miedo a enfrentarse ala verdad
Tu nombre el jueves, 14 de enero de 2010
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Elvira Roca el martes, 19 de enero de 2010
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Como siempre poniendo el dedo en la llaga y nunca mejor dicho. Ya comentaremos este nuevo paso adelante en el camino hacia ¿qué?Elvira Roca
Tu nombre el jueves, 14 de enero de 2010
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Tu nombre el jueves, 14 de enero de 2010
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Tu nombre el sábado, 22 de mayo de 2010
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