
Ensayos
Partidos políticos y sociedad civil
Por Inma Castilla de Cortázar
“Las cosas públicas no son de la incumbencia exclusiva de los políticos. Es necesaria la participación ciudadana. Para la buena salud política de un país es de suma importancia el control y la vigilancia que ejerza la sociedad civil”. José Luis López de Lacalle. « Un deber cívico », Miembro fundador del Foro Ermua El Mundo País Vasco, 24 octubre de 1998 En el Foro Ermua hacemos gala de abordar los temas que nos competen (que afortunadamente no son muchos) con rigor, con fuste, con soporte jurídico o científico, con veracidad,… con racionalidad. Hoy probablemente no concurran todos estos elementos, entre otras razones, porque el tema responde quizá a la necesidad de reflexionar –como quien tiene un desahogo-, a grandes rasgos, sobre un hecho constatable y entiendo que desazonante, a saber: “cada vez parece abrirse un espacio mayor, casi calificable como abismal, entre los partidos políticos y los ciudadanos”. Una primera evidencia, más sospechosa que esclarecedora, es que en los últimos años los partidos políticos muestran una absoluta indiferencia hacia el movimiento cívico. Cuando no un interés expreso en que la sociedad civil no se articule, o –más aún- se desarticule lo que estaba funcionando. O, incluso, como es el caso de los Sindicatos -también sociedad civil- que sean fagocitados desde un gobierno más preocupado en neutralizar toda crítica legítima, que en acogerla para acertar mejor en el ejercicio de sus responsabilidades. En el Foro Ermua tenemos una penosa experiencia a este respecto, a la que no me voy a referir en este momento. El evidente desafecto de los partidos hacia el movimiento cívico (en concreto al constitucionalista) ha sido progresivamente más ostensible desde las Jornadas del 11 al 13-M de 2004, a las que podemos considerar como la antítesis de las Jornadas de Ermua de 1998. Tras Ermua, ciudadanos de toda filiación, exigieron a los partidos políticos fortaleza y unidad para derrotar a ETA y se escribieron entonces las páginas, probablemente, más brillantes de la democracia española: con la ley de partidos y la ilegalización de Batasuna, se brindó un ejemplo nítido para Europa y para el mundo de que al terrorismo se le puede derrotar sólo con la Ley. En las Jornadas de 11-13-M, sin embargo, se promovió una revuelta, no precisamente cívica, impulsada por el entonces partido de la oposición que desplazó la responsabilidad de los terroristas al legítimo gobierno de España y provocó una espiral de acontecimientos “antisistema” que lograron, además del pretendido vuelco electoral, una profunda herida social que, sin restañar, aún rezuma desconfianza. Pero tampoco vamos a centrarnos en esta cuestión. Permítanme algunas reflexiones, que entiendo dan razón a esa desazón que se deriva de sabernos, con demasiada frecuencia, mal representados por parte de los partidos políticos. 1. El desprestigio de “lo político” En primer lugar, entiendo que es más que sugerente el hecho de asistir a una perversión consentida del término “político”. La política es, en su genuino sentido aristotélico, el más noble de los servicios, puesto que es susceptible de proyectar su influjo benefactor sobre un mayor número de personas. Sin embargo, es común oír “yo paso de la política” (cuando en realidad se debería decir: “estoy harto de que los partidos no hagan lo que tienen que hacer”); o “yo soy completamente apolítico” (cuando se pretende manifestar que se es independiente o apartidista);… Más grave aún es cuando se incurre en la calumniosa simplificación de que: “todos los políticos son iguales”…. Tenemos una clase política que adolece, en ocasiones, de falta de preparación, frecuentemente de falta de carácter,… e incluso de honestidad, pero rotundamente no todos son iguales ni en la preparación, ni en la capacidad de cinismo o de deshonestidad. Este elemento de confusión no es gratuito, promovido de forma calculada en la que se dosifica deliberadamente la información -obtenida, vaya Ud a saber cómo- no siempre veraz, pero siempre negativa. Si se generaliza la culpabilidad, parece que se diluye, que se minimizan l
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